La pieza más viva del museo

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Revista Qué Pasa, 17 de septiembre de 2013.- El físico catalán Jorge Wagensberg revolucionó los museos de ciencia en 2004, al relanzar el de la Fundación La Caixa. Considerado el mayor divulgador hispano, y adelantando su visita a Chile, aquí habla de sus nuevos museos observacionales, de las medias verdades de la ciencia y de sus límites difusos con el arte.

NO TENEMOS IDEA DE QUÉ ES ESTO. Esa frase escrita en un cartel y, arriba, en exposición, un trozo de material extraño, un pedazo de tierra rocosa, diferente a cualquier formación geológica descrita hasta hoy. Alrededor,  visitantes observando perplejos el objeto que él buscó durante años por el mundo, y que encontró en el desierto del Sahara: un material sobre el que no se supiera nada. Quería demostrar un punto: que ni siquiera los científicos tienen todas las certezas. Ese tipo de retos se planteó el doctor en Física Jorge Wagensberg cuando quiso cambiar lo entendido hasta entonces como “museo de ciencia”, y relanzó en 2004 su museo de ciencia de la Fundación La Caixa en Barcelona.

En 1997 le habían propuesto refundar el pequeño museo de la fundación -hoy conocido como CosmoCaixa-, y para eso se fue de viaje recorriendo todos los grandes museos del mundo. Luego de ese periplo, llegó tan molesto, cuenta, que quiso cambiarlo todo. “Volví borracho de indignación. Tantos museos erróneos… una de las cosas que más me exasperaban era el Prohibido tocar, cuando lo que hace un científico es usar las manos como interfaz entre el cerebro y la realidad”.

Entonces se propuso cambiar el paradigma. Lo primero que hizo fue colgar un cartel en la entrada: “Prohibido NO tocar”. Adentro, cosas revolucionarias, como una sección de tacto de animales repugnantes, incluyendo restos de dinosaurios reales; un enorme muro geológico para pasar la mano y apreciar las capas de formación de la materia;  experimentos con el oído, la vista y el olfato; una enorme sala recreando la complejísima flora, fauna y hasta el clima del bosque inundado, con un centenar de especies y hasta lluvia adentro de la sala. Cosas por el estilo. El resto es historia: distinguido con el premio European Museum of the Year Award, del Consejo de Europa, CosmoCaixa, que pronto abrió otra sede en Madrid, fue calificado como el primer “museo de autor” de la historia, y el físico se transformó en  una estrella de rock.

A partir de entonces, el académico -que en octubre visitará Chile para participar de la 1ª Conferencia Internacional de Cultura Científica, organizada por el Centro para la Comunicación de la Ciencia de la UNAB- ha fundado dos docenas de museos en todo el mundo, y actualmente está repensando el Museo de Historia Nacional de Oporto, y una versión del Museo del Hermitage en Barcelona. Esta semana viajó a Río de Janeiro para dar la conferencia inaugural de la reunión que cada tres años celebra el Consejo Internacional de Museos, y allí presentó el que ve como su segundo aporte a la evolución de la museología: los museos observacionales.

La historia empezó en Chile, en una misión encargada por el Instituto Antártico Chileno de levantar un museo que recreara las condiciones exactas de la antártica en Punta Arenas, lo que lo llevó a viajar por el Continente Blanco, a entrevistar a casi todos sus investigadores y a recorrer el país. El museo no se alcanzó a construir (el terremoto de 2010 desvió los recursos), pero la idea de construir espacios cerrados hiperrealistas le quedó rondando. Actualmente, ya levanta sus primeros dos museos observacionales: uno recreando los bosques de San Celoni, en España, y otro de la sabana americana, en Brasilia.

-¿Dónde se juega su grandeza un museo?

-En ser capaz de inspirar. Es un lugar de encuentro, de fuego cruzado de ideas, donde se recogen sobre todo preguntas. Yo creo que un buen museo se mide por la cantidad de nuevas preguntas que tienes después de las visitas, en relación a las que tenías antes de entrar.

LA FIESTA ORIGINAL 

Para el físico, transformarse en el divulgador más importante del habla hispana fue algo que pasó por casualidad, hace 30 años. En una fiesta, Beatriz de Moura, la fundadora de Tusquets Editores, le pidió que le explicara qué significaba el concepto de entropía. Él comenzó a hablar, y de pronto vio cómo se generaba un círculo alrededor suyo,  de gente que lo escuchaba. Entonces surgió la idea: hacer una colección de libros para Tusquets que llevara la ciencia de mayor nivel afuera de las universidades, y lograra cautivar a un público hasta entonces imaginario. Esa colección, a cargo de Wagensberg y bautizada Metatemas, ya ha lanzado 126 libros, y es la más prestigiosa que existe en español. Hoy, apoyados en un gran número de lectores, hacen cosas tan arriesgadas como juntar a 14 científicos a escribir sobre un solo trozo de ámbar con hormigas de hace 40 millones de años, y editar un libro acerca de eso. El físico se muestra orgulloso de que exista un público para cosas novedosas como ésa. “Nuestros libros nunca son de temas acabados. Aquí se puede aplicar lo que decía Picasso de que una obra de arte terminada, está muerta”, dice. “Cuando hablas de una ciencia en la que no hay dudas, no estimula al nuevo conocimiento”.

-Picasso también decía que el arte es este conjunto de pequeñas mentiras que ayudan a comprender una verdad. ¿Esto se aplica también a la ciencia?

-Naturalmente, no hay ninguna verdad absoluta en ciencia. En ciencia sólo estamos seguros de lo que es mentira. Si una cosa es verdad, lo es provisionalmente. Por eso, la verdad se escribe con minúscula. Excepto la realidad misma, todo es ficción, todos son modelos, representaciones de la realidad. La única diferencia es que la ciencia es una representación de la realidad hecha con un método, que requiere la máxima objetividad e inteligibilidad, pero cualquier teoría de la ciencia es en realidad una ficción de la realidad.

-¿Y un divulgador da forma a esas medias verdades?

-Ésa es una pregunta clave, porque lo que les falta a muchos divulgadores es conocimiento del método científico. Es en lo que, en general, fallan. Los museos sólo explican aquello que consideran que son verdades probadas, lo cual en sí mismo ya es una tontería, porque nunca estamos seguros de lo que es verdad. Por eso, un museo, además de explicar la ciencia, tiene que explicar el método científico siempre. Y, generalmente, en vez de explicarlo, lo ocultan. Al revés: exageran los méritos, la ciencia nunca se equivoca. Y luego las consecuencias las ves en los anuncios: compre este detergente, cuya eficacia está científicamente comprobada… ¡¿qué es eso?!

-Hoy que todo avanza tan rápido en la ciencia, ¿es necesario dejar más abiertas en los libros estas ficciones, para no quedar obsoleto?

-La solución es explicar lo que se sabe. Ni un gramo más, ni uno menos. En América, me ha sorprendido que la hominización no esté explicada en ningún museo. ¿Por qué? Hombre, porque hay seis teorías diferentes. Entonces dicen: esperamos hasta que se aclare. Pero no se van a aclarar nunca. Cada vez que se hace un nuevo hallazgo arqueológico sale una nueva posibilidad. ¿Qué tienen que hacer? Poner las seis y que elija el visitante. Tratarlo como un adulto.

LA CIENCIA DE DALÍ

Una de las cosas que Wagensberg siempre lleva consigo es su libreta de aforismos, según él la más científica de las literaturas, por su precisión y presunción de objetividad. Allí va compilando las creaciones que ha llegado a generar de a centenas en un día, y que ya ha recopilado en tres libros publicados. Un ejemplo de su último libro, Más árboles que ramas: “Cambiar de respuesta es evolución, cambiar de pregunta es revolución”. También escribe artículos explorando los límites entre ciencia y arte, y en sus libros incluye cuentos que funcionan como alegorías científicas. Dice que es momento de “literaturizar” la ciencia.

Su relación con las artes se concretó en su amistad con Salvador Dalí, con quien llegó a organizar en conjunto, a mediados de los 80, un gran evento de discusión entre científicos y artistas sobre el tema del azar en la experiencia humana. Por el Teatro-Museo Dalí llegaron a exponer científicos como el matemático René Thom, el ecólogo Ramón Margalef, el físico Günther Ludwig o la Premio Nobel de Química Ilya Prigogine. De esa reunión se editó un gran libro, que según Wagensberg marcó un antes y un después en la relación entre arte y ciencia.

Luego de publicar, en 2009, Yo, lo superfluo y el error, describiendo casos en que el arte ha intuido verdades científicas décadas o siglos antes que la ciencia, hoy una de sus obsesiones es transmitir a otros científicos la importancia de mirar el arte para buscar respuestas. “Para capturar ideas nuevas el método científico no sirve”, dice. “La relación entre arte y ciencia es interesante tanto por lo que convergen como por lo que divergen. La condición humana es algo demasiado difícil para tratarlo con ecuaciones. La ciencia excluye al hombre. El principio de objetividad lo primero que ordena es: tú, quítate del medio, no queremos saber nada de lo que piensas. En cambio, el arte se hace en torno al hombre. Esto es según Monod y Schrödinger, el gran trauma del científico: que se excluye a sí mismo, y la gracia del artista, que se incluye en todo lo que hace. Como Hitchcock en sus películas, que las firma apareciendo en algún momento. En cambio, un artículo en el que digas: me acerqué a la cantidad y caí conmovido por su belleza, seguro no aparece publicado”.

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